sábado, 6 de noviembre de 2010

Cap. IV: Foncebadón - Ponferrada: Un deseo por cumplir

La noche fue dura. Dormiamos sobre colchonetas típicas de gimnasio, espalda contra espalda. El señor de al lado tenía el síndrome de las piernas nerviosas o manía contra mi, y fui el sufridor de sus patadas nocturnas. Así que no me sirvieron ni mis tapones ni mi antifaz. Tuve que hacer uso de la fuerza bruta después de la quinta patada y amablemente recoger sus piernas y ubicarlas sobre su colchoneta. La falta de sueño da muy mala leche.

Nuestro destino es Ponferrada. Vamos a un buen ritmo y es agradable dejarse llevar. Debo definir mejor mis opciones. En el grupo me sumerjo y desaparezco. ¿Estaré condenado a vagar como el horrandés errante? Mi cuerpo se acostumbra al ejercicio matutino. Ni siquiera almuerzo. Con el estomago vacio podré quemar más grasa, hasta que llegue a un bar y tome un café. Me siento fuerte. Ya no hay dolor. Solo la espalda, algún nervio me pinza y siento pinchazos en el cuello.

Este ejercicio, este paso a paso, constante, día a día, va aumentando las pequeñas desviaciones y vicios, los pequeños problemas, y los hace grandes. En mi caso el del cuello. Y también mi pisada de pronador. Me miro y no lo creo. Mi pie pisa hacia dentro y el tobillo hace un juego extraño. Mi forma de andar, un tanto amortiguada, es la mia, la personal, y si no te gusta, mala suerte, forma parte de mi personalidad. Podría distinguir una persona en la distancia por la forma de andar antes de ver su cara. El ritmo, la cadencia, el balanceo, el nervio, la pisada... Cada uno tenemos nuestro propia forma de caminar.

Hay un hito en el camino, un punto sacro donde la gente deja pertenencías, solicitudes a santos y desechos varios, la Cruz de Ferro, en un alto. Hacemos el ritual y seguimos, pasando por el albergue templario de un loco que creyó con fe en su idea y que vive como tal. La risa es constante con Álex y sus historias y su peculiar forma de expresarse. Lo pasamos genial y llegamos sin darnos cuenta a Ponferrada, una ciudad importante. En el albergue ya hay cola, pero no hay problema en alojarnos, y si es necesario bajo las estrellas. Empiezo a reconocer caras, y coincidimos los mismos, y vamos formando una de las olas de peregrinos que llegará a Santiago.

Ponferrada es una ciudad magnifica, sobretodo por el castillo que la realza. Un castillo aparente por fuera, pero de paredes desnudas por dentro. No hay descuento para peregrinos. En el albergue permiten dormir a la interperie. No hay límite. Nosotros conseguimos llegar a tiempo de dormir en cama. Pero aprovechamos el jardín para hacer un último botellón y montar una juerga terrible. Las anécdotas de Mochilo nos hacen llorar de risa.

Hoy es el día que caen las lágrimas de San Lorenzo, las estrellas fugaces. Y veo una, y pido un deseo.