Dormí profundamente. Y al levantarme no había nadie. ¿Qué ha pasado?. Son las 9 de la mañana. He recuperado algo de energías, y de momento no hay rastro de dolor. Con el ánimo dispuesto cierro el chiringuito y emprendo el camino. Tengo algo de fruta para desayunar más tarde. El camino me ofrece más polvo y más sol. Me complace escuchar el murmullo del agua de los canales que luego riegan con alegría las huertas. El peso de la mochila se me clava en la espalda y mis hombros están doloridos. Cada vez lo noto más y pienso que la cargué demasiado, pero repaso la lista y aún no se qué es lo que sobra. Enmedio de la belleza desértica de aquel terrible páramo recibo mi primer "Buen camino" y alivia mi momento de dureza. Busco refugio en un pequeño oasis de árboles a la derecha del camino. La zona es pasto de ovejas que dejaron sus recuerdos, ya secos. Y allí, mientras me descalzo y me quito los pantalones, me llevo mi primer recuerdo doloroso. Un ¿chinche? hambriento muerde mis dos pantorrillas y me dejan un recuerdo grande, rojo y urticante. No tenía ampollas, pero el camino no te deja ir sin tu ración de dolor. Si no, no habría placer. Y el pequeño bicho, hace crecer en mi la flor de la duda, pasado el impulso inicial del primer día. ¿Me equivoqué al venir? ¿Por qué fastidiarme así, por qué usar las vacaciones para cansarme, por qué quemarme al sol y sufrir, qué me mueve a andar kilómetros y kilómetros sin motivo aparente, sin una fe clara en Dios ni en el santo apostol? ¿Hacia dónde voy, qué estoy buscando? El paso a paso mecánico me lleva adelante, pero las dudas me obsesionan. Sigo el camino y encuentro, en medio de una larga recta, una granja semi derruida, un oasis llamado "La casa de los dioses". ¿Es posible tal oasis enmedio de la nada, por nada? el amable hospitalero-zen, un servidor como él se define, me ofrece un trozo de sandía que sabe a gloria. Y encuentro la respuesta a mi pregunta cuando hablo con él. Llena tu vida con algo que tenga sentido, con una meta, con un fin. Todo está dentro. El exterior te da las herramientas para mejorar tu interior. Se que la felicidad no lo da lo material, sino un objetivo claro al que dirigirse. Y esa meta inunda tu mente cuando crees con fe irracional, ciega, en ella. Con una fe absoluta, sin dudas. Sigo mi camino y veo al fin, la ciudad de Astorga. Me pierdo un poco y me desespero porque no encuentro el albergue. Me reencuentro en la plaza del pueblo, y me hospedo en el albergue que gestionan unos alemanes (¿dónde está al amable hospitalero leonés?). Mis pies reposan en la fuente de agua salada del lugar y voy a dar una vuelta. En un bar con terraza en la plaza del ayuntamiento me tomo una empanadilla mientras disfruto de la tarde. La otra empanadilla quedará para mañana. Enfrente llega una familia, padres y dos niñas, dos chicas jóvenes adolescentes. Una viste como una princesita, delicada como una figura de porcelana. Está justo delante de mi. Tiene un encanto especial, un aura de frágil criatura. Frente fruncida. Labios apretados. Mirada perdida. Silencio. Y de repente le resbala una lágrima... Es una lágrima de rabia, es la lágrima que ya no puede contener, que se escapa y que cae como una perla, una y luego otra, y otra... Pero ella sigue con su rostro perdido y en su determinación, la que sea, mientras yo la contemplo ensimismado, porque me recuerda a mis épocas de juventud, a las lágrimas de rebeldía, a la lágrima que nace de la incomprensión y de la falta de confianza hacia la tierna madurez, cuando crees que la injusticia se ha cebado contigo, y piensas, inocentemente, que algún día, se darán cuenta del error cometido.
domingo, 22 de agosto de 2010
Cap. I: León - San Martín del Camino: El primer paso
Llego a León, después de una noche de sueño incómodo en un autobús de tercera. Son las 8:30. Aún me quedan restos de los bocadillos que me preparé, y me los meto para dentro para no llevar más peso. Rehago la maleta. Dejo a mano todo lo que creo necesario. Conozco León y mi lógica me guía hacia la Catedral, desde allí me orientaré. No se que estoy buscando, no se cómo es el Camino. Pero creo que por allí encontraré la pista para encaminarme. Empezar algo nuevo me motiva. Una página en blanco donde empezar a escribir. Una aventura improvisada, no planificada, es lo que me encanta. Esta aventura dentro de los límites cómodos y seguros de un ciudadano europeo. No hay límite, más que la imaginación. La realidad se irá dibujando con el paso de los días. Me adentro en León y encuentro la concha que me indica el buen camino. Atravieso León, y empiezo a adentrarme en los páramos. El sol calienta mi cabeza sin contemplaciones. Paso a paso me adentró en el desierto de Castilla y en el de mis pensamientos. La soledad es dolorosa, es caótica. Dejé atrás todo lo que ocupa mi mente durante mi vida ordinaria. No hay nada que interrumpa el flujo de mis pensamientos. Intento ordenarlos y se vuelven contra mi. Son rebeldes y no se dejan guiar fácilmente. Me doy cuenta que en mi vida hay tantas cosas que me interrumpen, que ocupan mi tiempo para evitar pensar demasiado. ¿Soy parte de una rueda? ¿debo seguir en ella o luchar por salir?. Por un momento me escapo de ella y me siento libre. Libre de ataduras, libre de pensamientos alienantes. Son las 12, el sol me ha acompañado, primero calentándome la espalda y ahora encima de mi. Soy feliz. Me encuentro en libertad, sin imposiciones, con un destino que pueden ser miles. Me paro a la sombra del único árbol que encontré en kilómetros. No hay nadie ¿Dónde están los peregrinos?. Me saco los calcetines y las botas. No hay rastro de ampollas. La fruta que llevo me sabe a gloria. Sigo adelante por el polvoriento camino y llego sediento a una fuente en Villandangos del Páramo. Allí conozco a Terese, una húngara, doliente pero que sigue en el camino, pasito a pasito. Sin dolor no hay gloria. Son las cinco de la tarde. Llego al final de la meta, San Martín del Camino, porque me atrae el precio del albergue, porque estoy cansado y porque veo una chica bonita.
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