Llego a León, después de una noche de sueño incómodo en un autobús de tercera. Son las 8:30. Aún me quedan restos de los bocadillos que me preparé, y me los meto para dentro para no llevar más peso. Rehago la maleta. Dejo a mano todo lo que creo necesario. Conozco León y mi lógica me guía hacia la Catedral, desde allí me orientaré. No se que estoy buscando, no se cómo es el Camino. Pero creo que por allí encontraré la pista para encaminarme. Empezar algo nuevo me motiva. Una página en blanco donde empezar a escribir. Una aventura improvisada, no planificada, es lo que me encanta. Esta aventura dentro de los límites cómodos y seguros de un ciudadano europeo. No hay límite, más que la imaginación. La realidad se irá dibujando con el paso de los días. Me adentro en León y encuentro la concha que me indica el buen camino. Atravieso León, y empiezo a adentrarme en los páramos. El sol calienta mi cabeza sin contemplaciones. Paso a paso me adentró en el desierto de Castilla y en el de mis pensamientos. La soledad es dolorosa, es caótica. Dejé atrás todo lo que ocupa mi mente durante mi vida ordinaria. No hay nada que interrumpa el flujo de mis pensamientos. Intento ordenarlos y se vuelven contra mi. Son rebeldes y no se dejan guiar fácilmente. Me doy cuenta que en mi vida hay tantas cosas que me interrumpen, que ocupan mi tiempo para evitar pensar demasiado. ¿Soy parte de una rueda? ¿debo seguir en ella o luchar por salir?. Por un momento me escapo de ella y me siento libre. Libre de ataduras, libre de pensamientos alienantes. Son las 12, el sol me ha acompañado, primero calentándome la espalda y ahora encima de mi. Soy feliz. Me encuentro en libertad, sin imposiciones, con un destino que pueden ser miles. Me paro a la sombra del único árbol que encontré en kilómetros. No hay nadie ¿Dónde están los peregrinos?. Me saco los calcetines y las botas. No hay rastro de ampollas. La fruta que llevo me sabe a gloria. Sigo adelante por el polvoriento camino y llego sediento a una fuente en Villandangos del Páramo. Allí conozco a Terese, una húngara, doliente pero que sigue en el camino, pasito a pasito. Sin dolor no hay gloria. Son las cinco de la tarde. Llego al final de la meta, San Martín del Camino, porque me atrae el precio del albergue, porque estoy cansado y porque veo una chica bonita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario